Comprender que el verdadero éxito se encuentra en aquello que nos hacía feliz cuando éramos niños; ahí reside todo.
¿Alguna vez ha experimentado la sensación de obtener algo por mérito propio y, de repente, lo invade un sentimiento de vergüenza y culpa? Después llega la sensación de miseria mental, donde prefiere evitar confrontar la situación y buscar mil excusas porque piensa que alguien se dará cuenta de esa farsa. Pues muy bien, ¡bienvenido al interior de su némesis!
No es fácil aceptar que somos capaces de hacer cosas increíbles. Pienso que nuestra generación es la más resiliente, pero, a su vez, la que más se cuestiona sobre sus logros y se “da palo” hasta autoconvencerse de que es pésima.
Comencemos porque, desde pequeños, nos condicionaron con una estúpida izada de bandera. No sé si ahora los colegios continúen con este tipo de dinámicas que resultan ser una forma horrible de comparación. Una ceremonia donde se hace un homenaje al que ha cumplido a cabalidad los designios y las leyes de un colegio. La verdad, pienso que el sistema educativo falla con este tipo de “homenaje al estudiante”, no porque no sea necesario destacar el desempeño de alguien, sino porque el criterio de los profesores está estúpidamente sesgado. ¡Personas imperfectas inculcando la perfección!
Sí, así lo he percibido yo. No encajé en ninguna parte mientras estuve en el colegio. Ser una niña con bastante energía, en mis tiempos, era un pecado. No sé si haya cambiado mucho.
Lo refuto porque está demostrado que no se puede medir el éxito y la inteligencia de una persona basándose en sus notas de colegio o de la universidad, o en la calificación de un examen multirespuesta. Cada uno considera el éxito desde su punto de vista personal. Yo, por ejemplo, según mis profesores, siempre fui la peor; era una niña insoportable para ellos por el tono de voz y rebeldía, jamás supe lo que era izar bandera. Recuerdo que, desde los 6 años, sufría mucho por eso. Cada mes esperaba ansiosa que la vida me sorprendiera con una mención especial por algo bueno que vieran en mí. Fui creciendo y, poco a poco, se convirtió en un detonante de ansiedad y frustración que aún cargo. Me hace cuestionar por qué no simplemente seguí las reglas y fui una persona “normal”. Llegué al bachillerato y gané premios de cualquier cosa; me destacaba por mi forma de bailar, porque era muy buena creando obras de teatro, pero jamás en la vida icé bandera por ser la mejor estudiante, lo gracioso de esto, es que en el ICFES le di sopa y seco a muchos que estuvieron en ese podio durante años.
Después de esto, llegué a la universidad. Todo iba bien hasta que me encontré con un profesor que tenía la mala costumbre de descargar todas sus frustraciones en sus alumnos, humillándolos y asumiendo el papel de “soy profe cuchilla porque soy buen profesor”. Lo que nunca entendió es que, en realidad, solo evidenciaba sus miedos al lastimar a otros más jóvenes, aprovechándose de su posición. A mí, por ejemplo, me decía: “¿Para qué estudió esta carrera? Usted no sirve para esto, no tiene voz, ¿para qué sigue luchando?”. ¡Yo le creí!
En ese momento, todas mis ilusiones de ser periodista radial se fueron por la borda. Después de esas palabras, me derrumbé, las clases dejaron de interesarme y me fui desentendiendo hasta que puse en pausa mi carrera. Exactamente 12 meses después, tomé la que considero la decisión más irresponsable de mi vida; no finalizarla. Estaba por completo desencantada y permití que una persona llena de miedos y apagada decidiera por mí, justo cuando más rebelde debí haber sido. Lo más ilógico es que estaba a solo un semestre de terminarla. Pasaron un par de años antes de retomar, pero esa es otra historia.
Me hubiera encantado ignorar las palabras de ese profesor y haber terminado en ese momento, no dilatar por tantos años lo que yo había iniciado con tanta convicción y en contra de todo pronóstico. Sí, tomé el camino más largo y desgastante, pero bueno, todo esto me llevó por caminos inesperados que, finalmente, me impulsaron a ayudar a otros a no sentirse en la misma posición de duda y autosabotaje que yo experimenté.
Los miedos siguen presentes; los piloteo de vez en cuando, otras veces simplemente dejo que transiten por mi casa como buenos huéspedes, porque hasta el miedo es necesario para aplacar el ego. No sé si en algún momento cambie, este mundo nos ha enseñado que nunca es suficiente, pero trato de ser compasiva conmigo y entender que muchas de las satisfacciones del ser humano son silenciosas y ahí reside su gran poder.
