Escrito por José Gutierrez, basado en una historia real
Si te cuento esto, viajero, no es por compañía, es porque hay errores que no se quedan en quien los comete, sino que siguen andando, como el viento, buscando a quién más arrastrar. Y yo ya no tengo fuerzas para detenerlos, solo para nombrarlos.
Mira mis manos, curtidas por la intemperie. Mira mis ojos, ennegrecidos por el llanto. En ellos hay más verdad de la que mi boca podrá sostener ahora o en lo que me quede de vida.
Ha pasado cerca de un quinquenio desde que la bruma de este lugar me recibió. Llegué con poco más que una alforja y una lona, buscando asentamiento en algún rincón de estas dunas pedregosas, color rata.
En mis montes se hablaba de este sitio. Decían que aquí había tanto oro como allá agua al escarbar la tierra. La historia era conocida, y no era raro que los jóvenes de mis quebradas se calzaran las botas, abandonaran la faena y se internaran en este cúmulo de polvo y agua, con la esperanza de volver cargados de riqueza para sus familias, ya fuera de regreso en casa o bajo alguna roca de este pampón estéril, bañado por un agua que nadie debe beber.
Como ya habrás entendido, aquí hasta la rosa exige tributo por mirarla. Nada es gratis, y la gente calcula antes cuánto vale tu sangre que si merece acogerte. Así fue como, una noche, unos hombres lánguidos y tiesos me encontraron durmiendo bajo mi lona. Sentí un golpe — no sé con qué — en la coronilla, y cuando desperté ya no quedaba nada. Seguía en la misma planicie, pero sin alforja ni lona, y mi cuerpo se perdía entre la infinidad de rocas arcillosas que me cercaban.
— Estoy verdaderamente perdido — me dije.
Ni siquiera mi aliento húmedo lograba alzar mi grito hacia el cielo.
— Ahora me voy contigo, Señor — suspiré, dejando que la noche se confundiera con la palidez interna de mis pensamientos.
Sin embargo, una luz envolvió mi cabeza. El carmín de mis llagas viró al lila, y dejé de sentir el aire húmedo que me ahogaba al pasar por la tráquea. Al cabo de unos segundos, una voz de miel separó lo pálido de lo nocturno.
— Estás bien, muchacho — me susurró al oído.
Cuando dejé que mis perlas rodaran hacia un costado, vi un rostro. No era ni ordinario ni extraordinario. Sus cabellos ensortijados le cubrían la frente, y sus manos de leche se posaron sobre mis mejillas, dejando en mí el peso tibio de sus sortijas de hierro.
— Ya todo está bien — repitió, dejando ver su túnica morada, mientras me incorporaba sobre un almohadón color madre.
Entonces lo vi con claridad. Era otro joven como yo, de mi misma talla y aspecto pero de diferente estatura y apariencia. Gracia y agradecimiento — diría — alimentaron mi corazón. No había conocido otro calor como ese en la niebla de estos parajes; era como mirarme en un manantial que ennoblecía mi figura.
— ¿Cuál es tu nombre? — le pregunté, con una sonrisa apenas nacida en el pecho.
— No tengo nombre, pero sí significado — respondió, con una sonrisa tímida y una mirada cargada de una euforia semejante a la de después de la guerra.
— ¿Y cuál es tu significado, entonces?
— Victorioso. Así me siento por tener tus ojos sobre los míos — dijo, mientras el rojo de mis heridas parecía encender mi piel ya curada.
— Gracias — respondí — , pero… ¿por qué me recogiste?
— He de decirte que no eres ni la primera ni la última persona que recojo. Pero nunca había sentido tantas ganas de sanar a alguien.
Las preguntas me inundaban. Lucía humano, pero quizá era demasiado humano para ser uno de los que andan por aquí. Algo se agitaba en su espalda, bajo la túnica: dos bultos tensos, recogidos con esfuerzo, que se contraían y distendían como si respiraran por su cuenta. A ratos la tela se levantaba apenas, vencida desde dentro, y dejaba adivinar una forma curvada, casi un arco vivo que pugnaba por abrirse.
Me quedé mirándolo más de la cuenta. Había en ese temblor una memoria de altura, un deseo contenido de aire.
— ¿Te duele? — le pregunté, sin apartar los ojos.
Su mirada titubeó. Algo en su pecho se recogió junto con aquello que guardaba.
— Podría herirte — murmuró — . Por eso las mantengo quietas.
No supe si asentí o si fue el silencio el que habló por mí. Entonces llevó las manos a la espalda y aflojó la tela con cuidado, como quien desata un vendaje antiguo. La túnica cedió, y aquello que latía bajo ella encontró por fin un resquicio.
Primero fue una sombra que se desplegó sobre la pared de roca. Luego, la forma.
Eran alas.
Se abrieron con una torpeza contenida, aún indecisas, como si cada pluma tuviera que recordar su sitio. La luz se enredó en ellas y dejó ver lo que cargaban: cicatrices que surcaban la base, hendiduras mal cerradas, costuras de carne que no habían olvidado el desgarrón. Había en esas alas una historia de caídas repetidas, de haber sido plegadas antes de tiempo.
Temblaron.
El aire se agitó alrededor y una de ellas me alcanzó el hombro; la otra barrió mi costado con un golpe seco. Sentí el impacto y di un paso atrás, más sorprendido que herido. El polvo se alzó entre nosotros como un breve telón.
Él se recogió de inmediato, juntándolas contra su espalda con un gesto aprendido, casi doloroso.
— Te lo advertí — dijo en voz baja — . Por eso las oculto.
Sus ojos evitaban los míos. Había en su gesto algo de culpa, como si cargara con ellas en lugar de sostenerlas.
Me acerqué un poco, aún con el eco del golpe en el cuerpo.
— No tienes que esconderlas — le dije — . No son una falta.
Las alas vibraron apenas, inquietas, como si también escucharan.
— Son una virtud — añadí — . Solo te falta aprender a usarlas.
Él guardó silencio. Y en ese silencio, por un instante, las alas dejaron de resistirse a su propio peso.
Guardó silencio un momento más. Sus alas, todavía recogidas, parecían escuchar por él, como si aguardaran una palabra que las autorizara a existir sin culpa. Luego levantó la mirada, y en sus ojos había algo distinto: no la euforia de antes, sino una calma trabajada, como de quien decide quedarse.
— Si he de mostrarlas — dijo despacio — , que no sea en vano.
Sus manos, aún tibias, buscaron las mías. No apretaban, se posaban, como si temieran romper algo que recién empieza.
— No sé usarlas — continuó — . Tampoco sé sanar todo lo que traes contigo. Pero puedo aprender.
Hizo una pausa breve, como quien mide el peso de lo que está por decir.
— Quédate conmigo. Enséñame a sostenerlas sin herirte, y déjame aprender tus heridas. Caminemos este lugar sin escondernos. Si caes, te levanto. Si fallo, me corriges. Y si ambos nos quebramos, nos recogemos.
Sus alas se estremecieron apenas, como si esa idea también las alcanzara.
— Y cuando logre dominarlas — añadió, con una sombra de sonrisa — , te llevaré sobre mi espalda. Volaremos juntos. Será nuestra forma de saber que aprendimos.
No era una promesa hecha para el aire. Tenía el peso de algo que se quiere cumplir.
Sentí que algo en mí, que llevaba tiempo detenido, volvía a tomar pulso.
— Me quedo — dije al fin — . Y voy a volar contigo.
Y fue como si el aire encontrara otra forma de moverse entre nosotros.
Los días empezaron a contarse de otra manera. El sol seguía cayendo a plomo sobre las piedras, pero ya no era solo castigo: marcaba ritmos. Seis meses — aunque aquí el tiempo se dobla — bastaron para que sus alas dejaran de ser un sobresalto y empezaran a parecerle propias.
Al principio, el aprendizaje fue cercano al suelo. Le pedí que las extendiera apenas, que sintiera su peso sin combatirlo. Temblaban. La tela de la túnica quedó a un lado, y el viento, ese mismo que antes parecía ahogarnos, empezó a decirle cosas. Yo le hablaba en voz baja, como quien enseña a escuchar.
— No las empujes — le decía — . Déjalas abrirse.
Probamos con gestos mínimos: sostener el aire, recogerlo, inclinar el cuerpo sin romper el equilibrio. A veces bastaba un movimiento mal medido para que el polvo se levantara y nos cegara. Entonces reíamos. Había torpeza, sí, pero también una alegría nueva, casi infantil, que no conocía en este páramo.
— Aún no me debes ese vuelo — le decía a veces, con media risa.
Y él respondía con un impulso más decidido, como si cada intento lo acercara a cumplirlo.
Con el tiempo, las alas aprendieron un orden. Las cicatrices no desaparecieron, pero dejaron de arder como antes. En las mañanas, la luz se detenía en sus plumas y dibujaba rutas que él empezaba a seguir sin pensarlo demasiado. Daba pequeños saltos, luego se sostenía un instante más de lo posible. Yo contaba en silencio, como si así pudiera alargarle el aire.
— Otra vez — le decía.
Y él volvía.
A cambio, él me pidió que no ocultara lo mío. Mis manos, mis costados, la respiración que a ratos se quebraba. Se acercaba con una paciencia que no conocía en nadie de aquí. Sus dedos no curaban de golpe, pero sabían quedarse. Donde había grieta, ponía presencia; donde había recuerdo, no apartaba la mirada.
— Aquí — me decía, tocando con cuidado — . ¿Esto cuándo empezó?
Yo no siempre sabía responder. Entonces inventábamos un origen que no doliera tanto, y en ese invento había algo de alivio. Otras veces, el silencio bastaba, y él entendía.
Aprendió a leer mi cuerpo como un mapa gastado. A distinguir cuándo el dolor venía del hueso y cuándo de la memoria. Yo, por mi parte, aprendí a no retirarme cuando se acercaba. A no convertir cada gesto en sospecha.
Había días en que las alas se impacientaban y golpeaban el aire con un fervor que nos obligaba a detenernos. Él respiraba hondo, cerraba los ojos, y yo le ponía la mano en el pecho hasta que el pulso volvía a su sitio.
— Despacito — le decía.
Y las plumas cedían.
Así fuimos armando una rutina que no estaba escrita en ningún lado. Ensayo y error, caída y risa, cuidado y descanso. En ese vaivén, la promesa dejó de ser lejana y empezó a tomar forma en cada intento.
Al cabo de los meses, sus alas ya no pedían permiso para existir. Y mis heridas, sin desaparecer, habían aprendido a no gobernarlo todo.
A veces, al verlo sostenerse un instante más en el aire, pensaba que ese día estaba cerca. Que pronto, por fin, volaría sobre su espalda.
El día llegó sin anuncio.
No hubo señal distinta en el cielo ni en la tierra. Solo una quietud breve, como si el desierto contuviera el aliento. Él me miró y yo supe que quería intentarlo. No dijo nada; no hacía falta. Había en sus alas una tensión distinta, más firme, menos errática. La promesa estaba ahí, al alcance de los cuerpos.
Me acerqué.
Sentí la textura de sus plumas al tomar apoyo en su espalda, el calor que guardaban en la base, donde aún sobrevivían las cicatrices. Él ajustó el equilibrio con cuidado, como habíamos ensayado tantas veces, y por un instante todo pareció obedecer.
El primer impulso fue limpio. El suelo se retiró de nosotros con una docilidad inesperada. El aire se abrió. No era altura todavía, pero bastaba para que el corazón se desacompasara.
— Ahora — susurré.
Subimos un poco más.
Y entonces ocurrió.
No sabría decir si fue el miedo, el exceso o un recuerdo que volvió sin permiso. Sus alas se tensaron de golpe. El ritmo que habíamos aprendido se quebró. Una descendió antes de tiempo; la otra intentó corregir y encontró desorden.
El aire dejó de sostenernos.
Sentí el giro. Mi cuerpo se desprendió de su espalda y el mundo se volvió piedra y polvo en un mismo movimiento. Hubo un golpe seco, luego otro, y después una quietud que no era descanso.
El dolor llegó entero.
No pude incorporarme. Algo en mi costado ardía con una claridad brutal y la respiración se me partía en fragmentos. Abrí los ojos apenas y lo vi acercarse, torpe, arrastrando las alas como si pesaran más que él.
— Te herí.
Quise negarlo, pero el aire no me alcanzó.
Él retrocedió. Miró sus alas como si acabara de descubrirlas por primera vez. Las desplegó apenas, y en las cicatrices volvió a encenderse un rojo vivo, como si la herida recordara su origen.
— No deberían estar — murmuró.
Buscó entre las rocas una arista, una punta que obedeciera. La encontró. La sostuvo con firmeza. Sus manos ya no temblaban.
— Si no están, no puedo hacerte daño.
— No — alcancé a decir.
La piedra tocó la base de una de las alas. Y en ese contacto, algo en el aire se tensó.
De la lejanía surgieron figuras. Avanzaban sin prisa, como si el desierto les perteneciera. No traían apuro ni duda. Solo certeza.
Cuando llegaron, no preguntaron.
Uno de ellos le tomó el brazo. Otro sujetó la tela que ya no ocultaba nada. Él no se resistió. Solo me miró.
— Perdóname.
Quise levantarme. El cuerpo no respondió.
— No puede tenerlas — dijo uno de los hombres, sin mirarme aún — . No aquí.
— Son un peligro — añadió otro — . Para él y para lo que lo rodea.
Se lo llevaron hacia el extremo del desierto, donde la bruma se espesa hasta borrar las formas. Sus alas, mal recogidas, dejaron una estela breve, como si aún buscaran aire.
— ¡Oye! — logré gritar, con la voz rota — . ¿A dónde lo llevan?
Uno de los hombres se detuvo.
No era distinto a los otros, pero en su quietud había algo que imponía más que cualquier gesto. Se volvió hacia mí con una mirada que no era dura ni compasiva: era final.
— A donde no dañen a nadie — dijo.
— Tengo que verlo — respondí, forzando el cuerpo a incorporarse — . Déjenme ir.
Negó despacio.
— No puedes.
— Es mi… — la palabra no encontró forma.
— No puedes — repitió — . Y no lo intentes.
Sus ojos se detuvieron en mi costado, en mi respiración rota, como si esa fuera toda la explicación necesaria.
Quise responder, insistir, arrastrarme si hacía falta. El cuerpo no obedeció. El dolor me devolvió al suelo con una claridad brutal. Aun así, alcé la cabeza.
Se lo llevaban.
No hubo despedida más allá de su mirada. No hubo promesa que resistiera ese instante. Sus alas, mal recogidas, desaparecieron primero en la bruma. Luego su figura. Luego todo.
Quedé solo.
El silencio no llegó despacio. Cayó de golpe, como una losa. El desierto, que antes tenía su presencia como medida, se volvió inmenso de una sola vez. No había rastro, no había dirección, no había nada a lo que aferrarse.
Algo en mí se quebró.
No pensé. No decidí. Me levanté.
El primer paso fue un error. El segundo, una insistencia. El tercero ya no me pertenecía.
Caminé.
No hacia un lugar, sino contra la ausencia. Contra el vacío que había dejado. Cada paso era un intento torpe de alcanzarlo en un espacio que ya no lo contenía. El dolor en el costado no cedía; se expandía, como si quisiera ocuparlo todo. La respiración se rompía a cada avance, pero el cuerpo seguía.
— Sálvalo — dije, sin saber a quién.
El viento me devolvió polvo.
Seguí.
El tiempo dejó de ordenarse. No hubo días, no hubo noches claras. Solo un avanzar ciego, sostenido por algo que no era fuerza. Me perdí. Perdí el rumbo, la medida, el sentido de hacia dónde iba. El desierto empezó a repetirse hasta borrarse. Todo era lo mismo: piedra, calor, una densa bruma que no dejaba ver el final.
Recé.
No como quien espera respuesta, sino como quien necesita no quedarse en silencio.
— Tómame a mí, — murmuraba — . A él no.
Las palabras se deshacían en la boca. A veces no salían. A veces eran solo aire seco que raspaba al salir.
Caí.
Más de una vez. Me quedé tendido, con la cara hundida en la arena caliente, sintiendo cómo el cuerpo pedía quedarse ahí. Había en ese suelo una invitación a dejar de insistir, a confundirme con él y terminar.
Pero algo me empujaba.
Su voz. Su forma de mirar antes del vuelo. La torpeza de sus alas. La promesa.
Me levantaba.
Caminé con rabia, con culpa, con una fe que no sabía si era fe o terquedad. Lloré sin alivio. Las lágrimas no refrescaban; ardían. Cada recuerdo se volvía peso. Cada paso, un castigo divino.
— No lo dejes Santo Dios — repetía — . No lo borres, no te lo lleves por mi ingratitud.
Pero el cielo no podía atravesar la niebla.
Al décimo día, llegué.
No supe cómo. No hubo nada extraordinario. Solo un cambio leve en el aire, una quietud distinta, como si ese punto no perteneciera del todo a lo demás.
Lo vi.
Estaba de pie.
Todo en mí se sostuvo por un instante. El dolor retrocedió, la sed se apartó, y algo parecido a la alegría me atravesó con violencia.
— ¿Eres tú…? — quise decir.
Me acerqué.
Y entonces lo ví mejor.
Las alas no estaban.
Su espalda era lisa, cerrada, sin memoria. No había cicatrices. No había rastro de lo que habíamos cuidado. Como si nunca hubieran existido.
Sonreía.
Pero la sonrisa no llegaba a sus perlas. Era exacta, inmóvil y artificial. No había alma ni fondo en ella.
— Llegaste — dijo.
Su voz era la misma. Y no lo era.
Me acerqué más, buscando algo que me devolviera lo que reconocía.
— ¿Estás bien?
— Estoy bien, estoy mejor ahora.
Sus ojos pasaron por mí sin detenerse. Se posaron en mi costado, en mi respiración rota, y no ocurrió nada.
— Te heriste — me dijo.
Esperé. Esperé sus anillos, su frente, la forma en la que se inclinaba para entender lo que dolía.
No llegó.
— No es grave — añadió.
Entonces, sentí cómo algo en mí se derrumbaba, más hondo que el sufrimiento y el deseo de morir.
— ¿Y tus alas? — pregunté.
— No las necesito.
El silencio se abrió entre nosotros.
Lo miré, y supe que lo que tenía delante no era el que había temblado conmigo, el que había aprendido a sostener el aire, el que me había prometido un vuelo.
Ese se había quedado en el desierto.
Y lo que ahora estaba de pie frente a mí… no sabía quién era.
No me fui de inmediato.
Me quedé ahí, frente a él, esperando algo que no llegó. Una grieta. Un recuerdo mal cerrado. Un gesto que traicionara esa calma perfecta. Pero nada en él fallaba. Nada en él buscaba.
Entonces habló.
— Debes irte. Es lo mejor para tu felicidad.
No fue una orden dura. Tampoco una súplica. Fue dicho con la misma serenidad con la que había negado sus alas, como si también eso — desecharme — fuera parte de estar “bien”.
— Aquí no tienes nada, no puedo darte nada — añadió.
Las palabras no hirieron de golpe. Se asentaron despacio, como arena cayendo sobre algo que aún respiraba.
Quise responder. Decirle que sí había, que todo lo que quedaba de mí estaba ahí, frente a él. Pero su mirada no pedía respuesta. No esperaba nada.
Ya me había dejado fuera.
Di un paso atrás.
Luego otro.
No hubo despedida. No porque no quisiera, sino porque no había a quién dirigirla. Darle la espalda fue más difícil que caer. Cada paso alejándome de él pesaba más que los diez días que me habían traído hasta ahí.
Y aun así, obedecí.
Escúchame, viajero, si alguna vez ves en la arena dos huellas que no se tocan, si oyes a alguien rezar sin voz entre el viento, no te acerques demasiado. Hay dolores que no buscan consuelo, solo salida.
Yo ya no sé qué hacer con este cuerpo que sigue andando cuando todo lo demás se quedó atrás. Ya no sé a quién pedirle, ni qué ofrecer a cambio. Le di todo lo que tenía a una promesa que se deshizo en mis manos. Yo lo vi aprender. Lo vi temblar. Lo vi doler y curar. Lo vi, incluso, amar.
No queda nada que sostener.
Y ahora yo me pregunto, viajero, como un cuerpo sin alma que no espera respuesta: ¿de qué me vale seguir en este desierto si mi ángel ha muerto?
