Toda mi vida me la pasé buscando un amor que lo rompiera todo.
No sabía exactamente qué quería decir con eso. Solo sentía que debía existir algo capaz de sacudir mis certezas, de desarmar mis miedos, de atravesarme sin pedir permiso.
Y un día lo sentí.
Sentí que el tiempo se detenía. Que podía ser sin explicaciones, sin juicio, sin el peso constante de medir mis palabras para no herir a nadie. Por primera vez no estaba intentando encajar. Simplemente estaba.
Nada más importaba.
Éramos dos almas sosteniendonos como si el mundo hubiera desaparecido. Entre lagrimas y risas, un atardecer, y mucha gratitud con el universo, por tener la oportunidad de hacer ese encuentro posible.
Eso que llevaba años buscando estaba frente a mí.
Pero los amores que lo rompen todo no vienen a ordenar. Vienen a incendiar. Y el fuego no distingue entre lo que estorba y lo que sostiene.
Ese amor lo rompió todo.
Y también me rompió a mí.
Lo mas hermoso de la esa historia no fue la intensidad, ni la ilusion de la eternidad, ni siquiera la hizo vibrar. Lo mas valioso fue lo que dejo cuando todo se cayó.
Me enseño sobre mi. Sobre mis limites. Sobre mis silencios. Sobre lo que estoy dispuesta a tolerar en nombre del amor.
Quizás el precio inevitable de sentir tan profundo, es aceptar la fractura como parte del trato.
Eso era lo que buscaba.
Solo que no concluyo como yo pensé.
Y aun así, aquí estoy. Reconstruyéndome mientras le hago duelo a lo que no fue.